Nick Curran, un bonito cadáver.

Debía ser el año 2005, cuando mis tímpanos tuvieron el primer contacto con Nick Curran. Yo frecuentaba el bar Jardines, un genuino Rock’n’Roll Bar granadino, regentado por Javi e Isa, que en esa época ejercía de trituradora de garageros, rockers, mods, punk rockers y todo lo que cayese en el radio de acción de su implacable cuchilla underground. Aparte de las destructivas visitas de fin de semana, muchas tardes pasaba por allí para aliviar los rigores de una estresante jornada laboral, con una cerveza bien fría. Tardes que se convertían en madrugadas y una cerveza que se multiplicaba como los peces y los panes, entre risas, balbuceos y mil y una tertulias que se generaban alrededor de un músico, un disco, una canción o todo a la vez.

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