Nick Curran, un bonito cadáver.

Debía ser el año 2005, cuando mis tímpanos tuvieron el primer contacto con Nick Curran. Yo frecuentaba el bar Jardines, un genuino Rock’n’Roll Bar granadino, regentado por Javi e Isa, que en esa época ejercía de trituradora de garageros, rockers, mods, punk rockers y todo lo que cayese en el radio de acción de su implacable cuchilla underground. Aparte de las destructivas visitas de fin de semana, muchas tardes pasaba por allí para aliviar los rigores de una estresante jornada laboral, con una cerveza bien fría. Tardes que se convertían en madrugadas y una cerveza que se multiplicaba como los peces y los panes, entre risas, balbuceos y mil y una tertulias que se generaban alrededor de un músico, un disco, una canción o todo a la vez.

Nick-Curran-Illustration

Nick Curran garabateado por Moco de Pavo.

De la habitual y cuidada selección musical, una de esas noches me llamó especialmente la atención algo de lo que estaba sonando. Pregunté a Javi qué era aquello y me contestó: “Esto es Nick Curran”. Aquellos altavoces supuraban R&B, Blues arrastrado y Jump Blues saltarín. La voz de aquel tipo parecía la de un negro en un juke joint hasta las trancas de aguardiente barato. Su feeling era abrasador y apestaba a lo mejor de los años 40 y 50. Todo un descubrimiento para un tipo como yo, que en esa época andaba más en la arqueología de la música negra que en la actualidad más revivalista.

Y no me extraña que desplegase tan añejo repertorio, con un gusto, clase y elegancia que tumbaba literalmente de espaldas, ya que se había curtido desde su más tierna infancia con la colección de discos de su padre, músico profesional en cuya banda, Mike Curran & The Tremors, comenzó Nick a dar sus primeros pasos musicales en su Maine natal. Con solo 19 años fue reclutado por Ronnie Dawson, formó parte de los Jaguars de Kim Lenz, giró con Wayne Hancock, completando de esta forma un meteórico currículum que lo catapultó como una de las nuevas promesas de la escena Rockabilly.

 

Tras una formación “académica” de lujo como escudero de grandes estrellas, en el 2000 se lía la manta a la cabeza y decide iniciar su carrera en solitario junto a The Nitelifes , suponiendo “Fixin’ Your Head” el pistoletazo de salida de una fulgurante carrera que le llevó a grabar casi un disco por año hasta el 2004 (“Nitelife Boogie”, “Doctor Velvet” y “Player!). Trabajos de horripilantes portadas pero que confirmaban eso de que lo importante está en el interior. Explosivo Jump Blues, Blues, R&B y Rock’n’Roll primigenio, donde se raspaba algunas versiones como el “Heeby Jeebies” de Litte Richard “Shot Down” de The Sonics y una ritmanbluserizada “No Fun” de los Stooges de Iggy Pop. Canela fina.

 

En el trono del Rock'n'Roll.

En el trono del Rock’n’Roll.

Su condición de culo inquieto le llevó a unirse en 2007 a los míticos Fabulous Thunderbirds, además de tocar en un par de bandas de punk, otra de sus grandes pasiones, como Deguello, efímero proyecto de versiones en directo, y The Flash Boys, poderoso combo tejano de punk’n’roll. Una fulgurante carrera que le llevó en 2010 a grabar su disco más rotundo, “Reform School Girl”, un soberbio trabajo en el que trazaba una línea recta entre Little Richard, Ramones, The Sonics, Ronettes y Screamin’ Jay Hawkins, sin que se le cayese la gorra al suelo. Un guiño a sus influencias fraccionado en catorce diamantes en bruto que se incrustan en la cabeza como un cuchillo al rojo en la mantequilla. La guinda perfecta con la que se fue a la tumba cuando estaba en lo más alto de su carrera.

Otra víctima prematura que el Rock’n’Roll no se merecía. Por una vez se burló de la muerte, pero quizá con demasiada sorna como para que ésta no viese herido su implacable orgullo. Una corta pero intensa existencia, un visceral concepto de la música y una innata vocación por provocar,  convirtieron a Nick Curran en uno de los músicos más destacables de la última década ¿Punk, Rock’n’Roll, Rhythm’n’Blues, Rockabilly, Jump Blues? Nick Curran seguro que jamás se hizo esa pregunta, de ahí su grandeza y su peculiar sonido. Desde muy joven supo ver que no había grandes diferencias entre Little Richard y esos tipos con crestas y cadenas que chillaban como un cerdo en San Martín. Sentimentalismos baratos al margen, creo que el mejor homenaje que podemos rendir a su figura es derribar nuestros prejuicios, musicales en este caso, como él lo hizo, abrir nuestras tragaderas hasta el límite que la calidad nos permita, que es mucho, y disfrutar con la música hecha con las tripas y el corazón, algo en lo que Nick era un maestro.  Sin duda alguna, vivió rápido, murió joven y dejó un bonito cadáver.

by Moco de Pavo

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